viernes, 28 de diciembre de 2012

Harriet Andersson en Sommaren med Monika (1953)


Este notorio filme, dirigido por Ingmar Bergman sobre la novela de Per Anders Fogelström, se desliza hacia aquella zona de la realidad ficticia cuya poesía es más premonitoria que naturalista, y cuya belleza es menos evidente de lo que el encandilado espectador podría pensar. La sexualidad de su estrella absoluta, una explosiva Harriet Andersson de 20 años encarnando a una salvaje Monika congelada en la eternidad de sus 18, no tiene demasiado que ver con otras curvas legendarias, tales como las de Brigitte Bardot en Et Dieu... créa la femme (1956) o inclusive las de Marilyn Monroe en Niagara (estrenada sólo días después el mismo enero de 1953); sin tratarse de una interpretación intelectual ni mucho menos, la niña-mujer de Suecia exhibe una interioridad compleja que beneficia a su comparativamente discreta voluptuosidad y eleva la obra de Bergman a niveles insospechados de credibilidad.

martes, 18 de diciembre de 2012

Gastone Moschin en Milano calibro 9


Gastone Moschin, el insoportablemente orondo Don Fanucci de The Godfather Part II y antes también el matón fascista que se convierte en la sombra de Jean-Louis Trintignant hasta que éste cumpla su misión en Il conformista, se desenvuelve en un rol de antihéroe totalmente diferente, que sorprenderá (y asombrará) a quienes lo recuerdan sólo o principalmente gracias a la ficción escrita por Mario Puzo. En el neo-noir que nos ocupa, Moschin es Ugo Piazza, un criminal que acaba de ser liberado a través de una amnistía; liberación que no significa su libertad en absoluto. El mismo día que fue detenido por la policía, Ugo cae en desgracia entre sus secuaces, quienes están convencidos de que él es el intermediario que se ha quedado con el cuantioso botín de la operación dirigida por el Americano (Lionel Stander); así que a la salida de la prisión, Ugo todavía tiene que demostrar su inocencia, además de restañar su ausencia de tres años en el amor de una bailarina de nightclub (Barbara Bouchet). Estos son los trazos gruesos de un filme italiano dirigido con efectiva ampulosidad por Fernando Di Leo y musicalizado por Luis Bacalov, que se alza a los ojos del cinéfilo afortunado cual estimable revelación. Además de la sensible imagen dura proyectada por Moschin, la fabulosa actuación de Mario Adorf como un mafioso excesivo y procaz descuella en el reparto. Por el lado de la “ley”, la discusión ideológico-política ofrecida consigue matizar con mayor sutileza el conflicto central; y el soundtrack del compositor de Django le confiere a las secuencias de acción verbal y violencia física la necesaria cuota de dinamismo y emoción contenida que refleja (a veces a un tiempo) nuestra empática relación con el personaje protagonista y nuestro entendimiento de su mundo como posible, acaso ya (de algún modo) nuestro.

 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Travolta en Grease (1978)


Probablemente la última superestrella de Hollywood --en el sentido más completo de aquel excepcional término--, un joven actor, bailarín y cantante pasó de ser una celebridad estrictamente local (gracias a una serie televisiva) a todo un fenómeno de masas en el mundo entero y un verdadero icono de la década, en un tiempo aparentemente récord. El film se tituló, por supuesto, Saturday Night Fever (1977), y fue el debut oficial en el parnaso de los clásicos de John Travolta, quien como el rey de la música disco, Tony Manero, inmortalizó uno de los tours de force interpretativos más redondos, influyentes e irrepetibles de la historia del cine. Lo interesante, para propósitos de nuestro artículo, es que el drama dirigido por John Badham era una suerte de proyecto a sobrevivir para así poder rodar el genuino nacimiento de la estrella: la adaptación del musical Grease, un popular show teatral que era pura nostalgia de la América de veinte años atrás (Henry "The Fonz" Winkler fue la primera opción para el Danny Zuko del ecran).

Travolta, según el mismísimo Brando el actor más ejemplar en el oficio, había salido de gira con la obra a comienzos de los setentas, y se conocía el texto y la puesta en escena al derecho y al revés. Sin embargo, como otros roles en su prehistoria, había sido uno de los personajes suaves, el en comparación obscuro Doody (también de los T-Birds), el trabajo que Travolta había aportado al montaje. Irónicamente, Jeff Conaway había interpretado a Danny en la producción teatral, y ahora tenía que acomodar el papel de lugarteniente de Travolta, Kenickie. Mientras Saturday Night Fever es costumbrista/reporteril/documental, y por tanto vulgar y grosera en gran parte de su contenido, el musical recurre al humor zafio como señal de identidad. Fever es una obra maestra, Grease resultó ser el pretexto ideal para que se hiciera realidad de celuloide.

Empero, Grease ha sabido conservar un encanto que ha impedido su descarte como espectáculo que es menos que cine. Es, por ejemplo, una de esas películas que vistas en una sala o en su formato original en DVD gana mucho, contrariando aquellos tradicionales visionados adecuados a la forma televisiva que daban razón a los detractores de su aparente parálisis camarográfica. Travolta representa a su personaje con inocencia virtualmente infantil en una cinta que, contrariamente a la opinión general, no es inocente ni infantil, además de desbordar un carisma irresistible y exhibir unas destrezas coreográficas tan elegantes y sutiles que hacen lucir su estilo inmediatamente legendario en Saturday Night Fever como el de Gene Kelly ante Fred Astaire: una confirmación de la dinámica de clase obrera y de artificio simbólico, respectivamente, entre ambos, Tony y Danny, el yin y el yang de la fábrica de sueños, los dos lados de un mismo hombre en la cima.